Entendiendo la irracionalidad

Pese al enorme prestigio que tiene actualmente la ciencia, aparecen con mucha frecuencia noticias según las cuales la gente -políticos o ciudadanos en general- le da la espalda a sus conclusiones. El Economist publicaba la semana pasada que el estado de Vermont prepara leyes restrictivas con la comida con ingredientes modificados genéticamente -la revista afirma que 3.100.000 niños mueren al año por malnutrición, mientras que ni una sola persona ha muerto por causa de la comida modificada genéticamente. También hace unos días, El País explicaba que, siguiendo una directiva comunitaria, el gobierno español dará a los productos homeopáticos rango de medicamento. Los ejemplos son innumerables.

Una primera razón evidente para este comportamiento es el dinero. Las granjas de comida orgánica de Vermont y las empresas de productos homeopáticos están interesadas en que se hagan esas leyes y deben de presionar a los políticos, que además pueden estar dispuestos a llevarlas adelante porque su contenido puede ser popular. Pero, ¿por qué es popular?

En un largo y extraordinario ensayo, "La Contra-Ilustración", Isaiah Berlin explicaba detalladamente cómo se desarrolló el pensamiento contrario a la Ilustración y sus ideas de universalidad, racionalismo y cientificismo. En otra parte -su libro de conversaciones con Ramin Jahanbegloo-, Berlin decía que quienes estamos más bien del lado de la Ilustración hemos querido convencer a quienes no lo están, pero raramente nos hemos detenido a estudiar en serio qué piensan. Él lo hace en esta pieza y el resultado es extraordinario para entender lo que pasa hoy con los contrarios a las ideas ilustradas, aunque trate de pensadores de hace doscientos años. Un avance: los contrailustrados creen que no hay verdades universales, porque cada cultura es única; que la ciencia sirve para algunas cosas prácticas, pero no puede comprender ni mucho menos al ser humano: para hacerlo, dicen, es mucho mejor prestar atención a los mitos con los que explica su vida, las creencias que sostiene, la lengua en la que habla; “¡No estoy aquí para pensar, sino para ser, sentir, vivir!”, fue el grito antiilustrado de los jóvenes poetas alemanes del Sturm und Drang. Lo importante no es ser más productivo o comprender más analíticamente, sino conservar una forma de vida tradicional que es valiosa en sí y no renunciar a las propias costumbres aunque sean atacadas por atrasadas o excéntricas.

Evidentemente, no comparto ninguna de estas ideas, pero hay que comprenderlas y ver que tienen una larga -y seria, me temo- tradición y que no son un invento reciente. Mucha gente es irracional porque, simplemente, lo prefiere.

(El ensayo está en castellano en este estupendo libro.)

Intelectuales después del poder

Aunque antes era habitual que los intelectuales participaran en política -Pérez Galdós, Ortega y Gasset y Manuel Azaña, por ejemplo, fueron políticos una parte de su vida-, ahora es poco frecuente. La política se ha especializado mucho como profesión. Y parece, además, que los intelectuales que recientemente decidieron dar ese paso, si no lo lamentaron, sí salieron decepcionados. En ese sentido, hace poco, César Antonio Molina recordaba su paso por la política -y se quejaba de haber recibido un trato desdeñoso por mostrarse culto y haber sido despedido sin buenos argumentos-; hace ya años, Jorge Semprún escribió un estupendo libro con recuerdos parecidos, Federico Sánchez se despide de ustedes.

La sorprendida amargura con la que en muchos casos los intelectuales recuerdan su paso por la política, su gran decepción con ella, tiene al menos una paradoja, o eso me ha parecido a mí estos días pensando en ello. Un intelectual clásico, por definición, es alguien formado en la gran tradición literaria y filosófica que, por ceñirnos a Occidente, va de la Biblia a Shakespeare, de las tragedias griegas a la filosofía del renacimiento, del pensamiento ilustrado a la gran novela decimonónica; por no hablar, por supuesto, de la historia de la gran política a la pintura de corte. Lo curioso es que en todas estas obras, disciplinas y momentos históricos, la política es presentada como algo cruel, lleno de gente vanidosa y muchas veces malvada, donde la traición es inevitable -y a veces es un arte- y la mentira algo ineludible.  ¿Cómo puede ser que estos hombres cultos y buenos profesionales creyeran, en el momento de dar el paso a la política, que la realidad iba a ser distinta de lo que la tradición de la que forman parte les había dicho mil veces, de mil maneras? ¿En serio olvidaron toda esa larga serie de advertencias -en forma de dramas, de tratados, de biografías- de que el poder puede ser agradable para el ego, y sin duda un servicio público, pero que el paso por él nunca le deja a uno indemne y la sensación de derrota acompaña siempre?

También puede ser, claro, que conocer el gran pensamiento, la gran literatura y las grandes obras de arte sobre la política y el poder no sirvan de casi nada cuando uno se asoma a la política y el poder de verdad. No es una idea agradable.

Datos e ideología

Últimamente, sobre todo en Estados Unidos, se discute con frecuencia sobre la información basada en datos y no en meras percepciones y proyecciones ideológicas. Han aparecido algunos medios que parten de la idea de que las piezas periodísticas deben asentarse en datos -Vox, FiveThirtyEight, The Upshot (este último dentro del New York Times)- y, en todo caso, hoy hay más datos que nunca circulando en nuestras discusiones políticas.

Esta mañana he leído en el Economist  una pieza que encaja con mi intuición sobre el asunto (efectivamente, no tengo datos para probarla). En ella, Lexington afirma que esta abundancia de datos probablemente no servirá para mejorar el debate político y la adopción de políticas más sensatas por el simple hecho de que, en la disputa entre los dos bandos, nadie cree en los datos que proporciona el otro. En buena medida, ello se debe a que solo confiamos en los datos que nos dan la razón y tendemos a pensar que los que no lo hacen están manipulados o tienen algún error metodológico. Como escribía hace unos días Ezra Klein, dar por sentado que la abundancia de información mejora la política es un error: casi siempre se impone la ideología a la verdad, por probada que esté.

Incluso en España, diría, los datos están de moda y hasta tertulianos y otros participantes en la discusión pública no particularmente interesados en la realidad blanden estadísticas y utilizan infografías que demuestran, aparentemente, la veracidad de sus argumentos. Pero es muy, muy raro que un medio o un periodista independiente muestre datos que contradigan sus prejuicios. Los datos sirven si me refuerzan. Por supuesto, esto solo consigue enfangar aún más la conversación.

"La pasión por los datos no señala el inicio de una nueva era socrática, en la que las clases políticas buscan unidas la verdad. En la política actual, todo es un arma con la que pegarle al otro bando", dice el Economist.

En el número de abril de Letras Libres he escrito sobre Las pasiones y los intereses, un libro extraordinario del extraordinario Albert Hirschman.

He escrito sobre Cambio. 19 ensayos fundamentales sobre cómo internet está cambiando nuestras vidas: "Tiempo de mudanza".

Hace cinco años reseñé la biografía Adolfo Suárez. Ambición y destino, de Gregorio Morán. Releído ahora el artículo, creo que puse poco énfasis en la gran cantidad de cosas buenas que hizo Suárez y que dediqué demasiado espacio a su gran ambición o su poca afición a los libros y las ideas sofisticadas. De  hecho, es lo que hace el libro. Sea como sea, Suárez fue un buen presidente que hizo cosas dificilísimas. Que descanse en paz.

He escrito sobre el nuevo libro de José María Ridao, La estrategia del malestar. Aquí.

He escrito en Revista de Libros sobre Global gay, de Frédéric Martel: "Una globalización más".

En el número de enero de Letras Libres publicamos una conversación entre Félix de Azúa, Irene Lozano y José Andrés Rojo sobre el papel de los intelectuales hoy. Yo la moderé y le puse una pequeña introducción: "La crisis de los intelectuales".

He escrito en el blog Tormenta de ideas, de El País: "La tecnología y la clase media".